Últimamente he estado mencionando aquí muchas cosas que amo, así que para seguir en esa línea, hoy diré que amo el idioma castellano! Y que conste, no sólo estoy diciendo que me gusta el idioma, estoy diciendo que lo amo; la diferencia entre una cosa y la otra es que cuando uno ama algo está dispuesto a defenderlo y le duele cuando sufre algún maltrato.
Creo que ese amor nació conmigo, pero más o menos al final de mi adolescencia fue cuando tomé conciencia de él. En ese momento sucedió algo que no me esperaba ni busqué, como la mayoría de las cosas buenas que han sucedido en mi vida: me tocó comenzar a trabajar en algo que me exigía como herramienta principal el buen manejo del idioma.
Teniendo 16 años estuve saliendo con un estudiante de Letras y a través de él conocí a un profesor de ésos que siempre me han hecho pensar "Cómo quisiera haber sido su alumna"
(como me pasa con Titita), un señor con 50 años de docencia a cuestas, con más títulos de los que pueden caber en este blog, con la sabiduría de sus años y la vivacidad de un jovencito, que cuando me dio la mano me dijo que lo llamara "Francisco" pero yo nunca he podido dejar de llamarlo "Doctor"
(Así como a Titita sólo me sale decirle "Profe").
Durante las muchas tertulias que tuvimos los tres sentados en algún café, hablamos de política, de música, de Fórmula 1, de medicina alternativa... pero sobre todo, de lo que él más ama: su profesión! Me hablaba mucho de sus alumnos, de los escasos
prodigios, de los buenos, de los no tan buenos y -con mucha preocupación- de los que no deberían estar allí. Seguramente alguno de ustedes pensará que es terrible que un profesor diga eso de un alumno, que el tipo es un muérgano, y quizás lo sea; pero sucede que yo también lo he pensado mucho: hay gente que merece una oportunidad de estudiar pero no la recibe porque hay algún
caso perdido ocupando el lugar en un salón de clase. Cada vez que digo esto, la conclusión de la gente es que soy una muérgana! Entonces me gustó encontrarme otro muérgano, alguien que tuviera la experiencia que yo no, y aun así, pensara como yo.
Un par de años después, el Doctor ya me hablaba sin reservas de las atrocidades que le tocaba leer en los proyectos de tesis, decía que no se explicaba cómo una persona que escribía tan mal había logrado aprobar 10 semestres de una carrera universitaria, o cómo es que siquiera superó la primaria. Me mostró una de las copias de los proyectos y en un rato que me quedé sola empecé a marcar con el portaminas los errores que encontraba. Cuando él lo vio se le ocurrió recomendarme con uno de sus ex alumnos para que le corrigiera ortografía y sintaxis, dado que el tutor del chamo era bastante descuidado y no le corregía esos pequeños-grandes detalles... Yo al principio no me lo creía mucho ni me lo tomaba muy en serio, pero se dio, y después de ese primero vinieron algunos más.
Cuando ingresé a la universidad, algunas personas sabían del trabajo que venía haciendo con los tesistas y me empezaron a buscar. De modo que poco a poco, ése se fue convirtiendo en mi trabajo de todos los días; ya no sólo eran tesis, sino cualquier texto que quisieran revisar.
Según fui avanzando semestre a semestre, además de revisar y corregir textos, hacía traducciones y daba preparadurías de Inglés;
mis alumnos de Inglés también necesitaban ayuda en otras áreas, así que empecé a dar clases de Matemática Financiera, de Estadística, de Contabilidad Gerencial y de todo lo que hiciera falta... Yo que siempre dije que jamás podría dedicarme a enseñar, porque no tenía paciencia...
No sólo tenía la ventaja de estar ganando dinero en un momento en el que realmente lo necesitaba, sino que me servía para practicar y aprender cosas, porque muchas veces trabajé con estudiantes que estaban más adelantados que yo, lo que me forzaba a investigar mucho para poder dominar los temas; así que cuando me tocaba ver esas materias, ya conocía buena parte del contenido y eran las que se me hacían más fáciles.
En fin, el trabajo que me mantuvo y que me abrió muchas puertas durante los cuatro años y medio de la carrera, comenzó sin buscarlo, simplemente por ser quisquillosa con los acentos, los signos de puntuación, la concordancia entre género y número...
Esta divagación de hoy nace de la preocupación que me despertó una frase que escuché ayer: "yo sé que se dice así porque me lo dijo una profesora de Castellano". Yo, que tuve excelentes profesores pero también tuve otros bien burros (en el colegio, en el liceo y en la universidad), sé que lo que ellos digan no tiene por qué tomarse como verdad absoluta, que siempre es mejor darse permiso de PENSAR si lo que dijeron es verdad o es mentira y que es posible aprender muchísimas cosas valiosas y útiles sin escucharlas de un profesor.