No me gusta tener prejuicios respecto a la lectura. Claro, así como no quiero tener prejuicios sobre otras cosas y aún los tengo, pues tengo algunos sobre la lectura; pero el punto es que TRATO de no tenerlos.
Sé bien
-con toda precisión- lo que me gusta leer, pero lo que no me gusta está aún bastante difuso y puede estar condicionado por
'n' tipos de factores. Me gusta la poesía que no empalaga, me gusta la mitología
(en especial la mitología escandinava, aunque conozco más la griega y la romana), me gusta el ensayo social que no suena a quejadera, me gustan las novelas cuyos personajes me hacen pensar y
-sobre todo- sentir, me gustan los diccionarios, me gustan las crónicas periodísticas, me gusta la historia del arte y la historia del deporte; me gustan los libros gordos que no se me acaban en un día, me gusta la prosa directa, me gustan los diálogos bien pensados; me gusta escuchar sólo el silencio mientras leo, me gusta tener un vaso
-de lo que sea- al lado para no tener que pararme si me da sed.
Con el tiempo he constatado que no me gusta leer en vehículos en movimiento, no me gusta la poesía muy cursi, no me gustan las historias de ciencia ficción o de vampiros o que tengan un contenido religioso fuerte, no me gusta la metafísica ni la astrología, no me gustan los libros de autoayuda cuya contraportada promete cambiarme la vida... No obstante, a -casi- todo le doy la oportunidad.
La razón es, simple y llanamente, que a mí
¡me gusta leer! No es que me gusta leer así como me puede gustar una determinada canción o un programa de TV, no es que me guste como me gusta el chocolate ni como me gusta ver el cielo ni como me gusta
Zachary Quinto... ¡NO! Leer me gusta más que todo eso, me hace feliz, me hace sentir un tipo específico de placer que no encuentro en NADA más. Disfruto cuando leo blogs, revistas viejas, artículos
random en Wikipedia, las instrucciones de uso de los aparatos, las letricas pequeñas al final de la chequera, los ingredientes de las galletas Club Social...
Lo comenté hace unos días en un blog: No soy purista ni me gustan los puristas, encuentro bastante mente cuadrada que arruga la cara cuando le digo que pagué alguna vez por un libro de Paulo Coelho o de Robert Kiyosaki, que se jacta de ser el lector más exquisito, pero que cree que "Alfonsina y el mar" es solamente una canción sobre un personaje ficticio...
Yo sí leí "Quien se ha llevado mi queso" cuando tenía como 16 años y ya a esa edad entendía que lo que estaba escrito en esas páginas no tenía por qué convertirse en mi filosofía de vida; quizás será porque tenía ya muchos años leyendo a Hemingway y a Shakespeare y no sé cuántos clásicos, y sabía poner las cosas en la perspectiva adecuada.
Se me ocurrió escribir sobre la lectura y lo que significa para mí, gracias a este libro:

"Nieve"... Lo compré hace más de un año y tuvimos una relación difícil. Lo empezaba, leía unas 20 páginas, me ladillaba y lo dejaba... Sucedió varias veces.
Hace como un mes lo volví a agarrar un día que no había luz. La verdad es que también me ladilló pero seguí leyendo pensando que más adelante la cosa mejoraría, considerando que la crítica ha alabado la obra hasta más no poder... La verdad, no mejoró! Incluso empecé a preguntar quién lo había leído y qué les había parecido, y todo el mundo me hablaba maravillas...
Como después de las primeras 250 páginas aún me seguía ladillando, pero no estaba dispuesta a abandonarlo cuando ya había llegado a la mitad, decidí abordarlo de otra manera: Me dije "éste no es un libro como los que yo suelo leer, por ende no puedo pretender leerlo COMO YO SUELO LEER". Yo acostumbro agarrar un libro y matarlo en un día, o si no dispongo de mucho tiempo libre y el libro es largo, 3 ó 4 madrugadas suelen bastar. Pero éste era diferente, así que fui leyendo de a poquitos, pasaba un día sin tocarlo, otro día leía un par de capítulos y cuando me ladillaba leía otra cosa, poesía casi siempre. Y así, después de casi 3 semanas, el martes pasado lo terminé!
Y me alegra haber aguantado y llegado hasta el final, no porque en el camino le haya encontrado el gusto, sino porque me sirvió para entender algo sobre mí misma, sobre mi relación con los libros. Entendí que no me gustaba porque no sentía respeto por lo que estaba leyendo!
No voy a contar la historia por si alguno de ustedes pretende leerlo, sólo diré que se adentra en un asunto político bien enredado, que me habría podido resultar interesantísimo, de no ser porque se trata de una sociedad en la que aún mezclan la política y las leyes con la religión. Yo no soy capaz de sentir respeto por los pueblos que viven de esa manera.
Sorry!Así como tampoco sentía respeto por el personaje principal que, sinceramente, me pareció un mequetrefe! Y me hizo pensar que el autor
(sí, Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura) también debe ser un mequetrefe! Me explico: un autor arrechísimo puede idear un personaje que sea un pendejo, pero lo describe como tal y lo deja claro, a los propósitos de situarlo en la historia; en cambio, si el autor se esmera hablando del carajo, lo pinta como lo máximo, como un tipo admirable, y resulta que el personaje se comporta como un mequetrefe, ¿qué se puede pensar del autor?
En fin, retomando, agradezco haber terminado por fin el huevo sin sal ese
(que, por cierto, me costó lo que me habrían podido costar tres novelas decentes de tapa blanda que no estuvieran en la sección de best sellers) porque ahora puedo sumar una característica más a las que mencioné en el tercer párrafo de este post: NO me gustan los libros que no me inspiran respeto!