jueves, 10 de febrero de 2011

Sobre las cosas que nos avergüenzan

No sé por qué se me ocurrió escribir sobre esto, pero ahí vamos...

Cuando estaba en la universidad, un día un compañero (de los que me caían menos mal) dijo que cuando iba a clase con ciertos profesores que respetaba, se quitaba los zarcillos y se vestía serio, porque le daba pena que lo vieran así de mamarracho. Comentó también que cuando era deportista, todos en el equipo se hacían mechitas o se decoloraban todo el cabello antes de un partido por una cuestión de cábala; y que una noche salió a celebrar una victoria y se encontró a uno de los profesores mencionados y le dio mucha pena que lo viera así.

Mucho más recientemente, hace apenas unos meses, alguien comentó en Twitter que acababa de llegar de clases y su tía le pidió prestada una calculadora y él le dijo que la buscara en su bolso; luego se arrepintió porque recordó que además de libros tenía un vaso térmico y una botella de ron casi vacía, y aunque sabía que su tía no le iba a decir nada, igual le dio pena que los encontrara.

Menciono estos dos ejemplos porque no logro entender por qué al primer panita le da pena que los profesores que respeta lo vean tal como a él le gusta ser, ni por qué al segundo panita le da pena que su tía vea que estuvo bebiendo alcohol. No lo puedo entender porque yo nunca me he avergonzado de lo que me gusta y de lo que soy.

Claro que hay cosas de las que me avergüenzo, pero son cosas que he hecho y sé que no debo repetir, pero no las cosas que hago habitualmente, porque si así fuera, simplemente no las haría. Por ejemplo, a mí me avergonzaría ser tan rematadamente imbécil como para ponerme a halar un humo que me pudre por dentro, que me hace oler mal, que me mancha los dientes, que contamina el único planeta que tengo para vivir, y que además me cuesta dinero, por eso sencillamente no fumo.

Pero nunca me dio pena llegar a mi casa y decir que había estado de vaga frente al liceo desde las 8 de la mañana, de hecho, llegaba a mi casa derechito a decirle a mi madre "Mira, si vas al liceo te van a decir que entré a la primera clase y falté a las demás, lo cual es cierto, me salí porque sabía que Sin Cuello y El Monstruo (algunos de mis profesores) iban a hablar pura paja que ya sé, además ya yo tengo mis puntos de la materia, así que preferí irme a desayunar, después me compré un raspao' de parchita y los muchachos me lo aliñaron con vodka, y ahí nos pasamos la mañana hablando pajita".

¿Por qué hacía esto?, pues porque así se sabía exactamente lo que yo había estado haciendo, y si me acusaban de algo que no fuera cierto yo podía negarlo y mi credibilidad iba a estar intacta, porque ya había admitido lo otro. Pero además lo hacía porque realmente no me avergonzaba (ni me avergüenza) en absoluto.

Del mismo modo en que no me avergüenza hablar sola mientras voy por la calle, ni me avergüenzan mis pantalones rotos, ni me avergüenza que la gente sepa que prefiero leer a Quino que a Proust... Porque eso soy yo, soy la María Alejandra que habla sola, que se pone pantalones rotos y que ama a Quino y detesta a Proust; en el liceo era María Alejandra la que se escapaba de clase para beber o para irse al kartódromo; en la universidad era la María Alejandra que se echaba en la gramita a escuchar a Pablo tocar guitarra, sin importarle andar el resto del día con la ropa sucia... This is me! Si me avergüenzo de lo que disfruto, me avergonzaría de ser yo.

De repente pensarán ustedes que es porque, por lo general, me importa un comino lo que la gente piense de mí. Pero es que, en especial, no me puedo avergonzar frente a la poca gente que sí me importa lo que pueda pensar de mí, porque si me importan es porque los conozco y los respeto, y ellos me conocen y me respetan a mí, así como soy.

Supongo que ésta es una de esas veces en las que debo resignarme a no entender cómo funciona el asunto (el de la vergüenza, en este caso) para los demás seres humanos.

6 comentarios:

Angelo dijo...

Suena interesante eso del raspao' de parchita con vodka....

En mis tiempos mozos nos íbamos al parque que estaba detrás del colegio a jugar basket y alguna que otra vez celebrábamos la victoria bebiendo lo que fuese que pudiésemos sacar "prestado" de nuestras casas, a palo seco y usando las tapas de las botellas (ron, whiskey, ginebra, licor, etc) como vasos ya que no nos alcanzaba para vasos, hielo u otras exquisiteces... que verguenza ;-)

Mariale divagando dijo...

Ah pero es que yo sólo bebía seco después del mediodía :-P

the goddamn devil dijo...

jajajajajaja despues de este post casi que te quiero XD
muy bueno, ya somos dos... y yo era el peor porque iba a la universidad con una camisa de "comegato" y sacaba unas buenas notas, una vez un profesor me dijo que si fuera por el tuviera un hijo que escuchara musica comegato, total por lo menos iba a tener mas cerebro...
ah la pena, de pana apesta
saludos mariale...

TORO SALVAJE dijo...

Yo de pequeño era muy tímido y mi sentido de la vergüenza era inmenso.

Ahora en cambio estoy en el otro extremo.

Debo estar compensando.

Besos.

Genín dijo...

!Que rabia me ha dado!
Mira que no ocurrirseme a mi alinar de esa manera tan inteligente los raspados...
Y por esas cosas no tienes porque avergonzarte si te gustaban, claro...
Besitos y salud

Otto dijo...

Jaja, a mí también me qudó fijada la imagen del raspado de parchita con vodka...

Yo supongo que a la gente le avergüenzan esas cosas porque en el fondo saben que no están bien. O porque tienen conservar la imagen que creen que el otro tiene de ellos. O...

Ya vengo, voy a aderezar cualquier cosa con vodka...