De la exposición a las cosas buenas
"El paladar se forma desde la infancia, de grande lo tenés o no lo tenés".
"La música me hizo un niño feliz".
"Mi primer recuerdo es de un atardecer en Barquisimeto, mi papá paró el carro para verlo".
"Siento algo muy parecido al miedo cuando pienso en lo que habría sido mi niñez sin la biblioteca del pasillo".
Les explico esas cuatro citas. La primera es de Claudia Fontán, la actriz argentina que acompañaba a Fernando Trocca en su programa de cocina; decía que aprendemos a comer desde chiquitos y que es muy difícil hacerlo después. La segunda es la más reciente, lo dijo un amigo músico hace un par de días en una conversación muy fumada sobre la familia y los traumas. La tercera es de "mi amigo más viejo" (QEPD), decía que no recordaba nada antes de los 6 años. La última es mía, es parte de un chat de hace casi un año, explicando que los libros me salvaron.
Escribo esto pensando en que los adultos estamos como programados para "cuidar" a los niños de lo malo y no para acercarlos a lo bueno, que a la larga, da mejores resultados. Claro que está bien tratar de no exponer a los niños a cosas malas, pero creo que es más importante procurar exponerlos a tantas cosas buenas como sea posible; lo malo está ahí, es inevitable, mientras que lo bueno hay que buscarlo.
Creo que es importante exponer a los niños a la belleza, enseñarles a ser parte de la belleza, a experimentar la belleza, a valorarla, a protegerla, a reproducirla.
Yo crecí rodeada de libros, los libros me formaron, los libros fueron el único contrapeso en esa sucesión de metidas de pata que fue mi crianza y sé que lo que pueda haber de bueno en mí fue aportado por los libros. Eso lo agradezco muchísimo, pero a veces me pregunto cómo sería si mi familia hubiese salido más del apartamento y me hubiese acostumbrado a ver más azules, más verdes, más paisajes distintos; cómo sería si me hubiesen enseñado a comer tamarindo sin arrugar la cara, a entender todo lo que cuenta un vino, a valorar las maravillas que salen del mar; cómo sería si alguien se hubiese dado cuenta de cómo hipnotizaba el sonido de un violín... Tal vez tendría más qué agradecer, tal vez no me daría ladilla salir de mi casa, tal vez no habría sufrido aprendiendo a cocinar -y a comer- después de vieja, tal vez no habría consumido tanta basura musical durante la adolescencia; entiendo que nunca lo sabré con certeza, pero no puedo evitar pensarlo.
¿Acaso ustedes no lo piensan? ¿Los recuerdos de la infancia que atesoran son de lo bueno que les pasó o de lo malo que no les pasó? ¿No quisieran tener más de los buenos? Ya no lo pueden cambiar, pero pueden hacer una diferencia para los que están creciendo.
Expongan a los niños a la belleza, al arte, a la naturaleza, a lo que enriquece, a lo que vale la pena guardar; lo malo llega porque sí.

























